
Hay sagas que simplemente juegas. Y luego está Digimon, una franquicia que, al menos para mí, se vive. Pensar en sus videojuegos no es solo recordar títulos concretos o consolas antiguas, es volver a una época en la que crecer iba de la mano de ver evolucionar a tu compañero digital…y no siempre como esperabas.
Porque si algo ha definido a Digimon desde el principio, tanto en el anime como en los videojuegos, es que nunca fue cómodo ni predecible. Y quizá por eso conectó tan fuerte con muchos de nosotros.
Cuando Digimon no te llevaba de la mano
Mi primer contacto con Digimon en consolas fue Digimon World en PlayStation, y aún hoy sigo pensando que fue una auténtica locura…pero una bendita locura. No entendías del todo qué estaba pasando, tu Digimon podía morir si no lo cuidabas bien, y las digievoluciones parecían más una consecuencia de tus actos que una elección directa.
Frustraba, sí. Mucho. Pero también creaba algo que pocos juegos lograban entonces: apego. No estabas entrenando un monstruo; estabas criando a un compañero. Y cuando evolucionaba en algo inesperado, no sentías rabia, sentías responsabilidad. Ese diseño, tan poco amable para el jugador, es justo lo que hoy echo de menos.

Crecer con Digimon en portátiles
Con el salto a Game Boy Advance, Nintendo DS y PSP, Digimon cambió…y nosotros también. Juegos como Digimon World DS o Dawn & Dusk eran más accesibles, más claros en sus sistemas y mucho más cercanos a un RPG tradicional. Ya no había tanta confusión, pero sí una sensación de progresión constante que encajaba perfectamente con una etapa distinta de nuestra vida.
Aquí Digimon dejó de ser ese experimento extraño para convertirse en una saga sólida, con cientos de criaturas, sistemas profundos y muchas horas de contenido. Eran juegos que te acompañaban durante meses, que abrías en cualquier momento, y que seguían teniendo esa chispa especial que los diferenciaba del resto.
Cuando Digimon decidió crecer con nosotros
Y entonces llegó Digimon Story: Cyber Sleuth. Para mí, fue el momento en el que sentí que alguien en Bandai Namco había entendido algo muy importante: los fans de Digimon ya no éramos niños.
Cyber Sleuth no apelaba solo a la nostalgia. Apostaba por una historia más oscura, más madura, con temas como la identidad, la soledad o la desconexión social. Y funcionaba. Funcionaba porque Digimon siempre había tenido un trasfondo más emocional que otras franquicias similares, solo que ahora se atrevía a decirlo en voz alta.
Ese juego me devolvió la fe. Me hizo pensar: “vale, Digimon aún sabe quién es”.

La nostalgia no es el pasado, es el futuro que queremos
Hoy, cuando miro atrás y repaso la historia de los videojuegos de Digimon, no siento solo nostalgia. Siento una especie de deuda pendiente. Porque Digimon nunca ha sido una saga menor, pero muchas veces ha sido tratada como si lo fuera.
Tiene mundo, tiene identidad, tiene mecánicas únicas y, sobre todo, tiene una base de fans que no pide que copie a nadie. Solo pide que apuesten por ella de verdad.
Quiero volver a sentir que Digimon arriesga. Que no tiene miedo a ser raro, complejo o diferente. Quiero juegos que recuerden que la evolución no siempre es lineal, que crecer implica perder cosas y ganar otras, y que los mundos digitales pueden contar historias tan humanas como cualquier otro.
Digimon no necesita reinventarse.
Necesita creérselo otra vez.
Y ojalá los próximos proyectos lo hagan, porque si algo ha demostrado esta saga durante décadas es que, cuando se le da espacio para evolucionar, sabe quedarse contigo para siempre.






