
Y aquí estoy de nuevo para hablar de la que ha sido una serie que nos ha tocado muy hondo durante una década, esta vez para tratar el tema de cómo ha sido el broche final de la serie. No ha sido un camino fácil. La quinta y última temporada de Stranger Things ha dejado más dudas que certezas durante buena parte de su recorrido, pero su episodio final consigue algo que parecía improbable tras varios tropiezos: reconciliarnos con la serie que nos hizo enamorarnos de Netflix hace una década.
Porque sí, el cierre no arregla todos los problemas acumulados. Hay decisiones cuestionables, misterios mal cerrados y una sensación constante de que los hermanos Duffer se metieron en demasiados charcos como para salir completamente secos. Pero cuando llegan los últimos compases, Stranger Things recuerda quién es, qué la hizo especial… y juega esa carta con inteligencia.
Un último episodio que salva la temporada
El episodio final de Stranger Things 5 funciona como una campana salvadora. Tras una temporada irregular, con capítulos excesivamente largos, tramas dispersas y un tono más cercano a la ciencia ficción militar que al terror aventurero de sus orígenes, el desenlace apuesta por algo mucho más simple: emociones, personajes y nostalgia bien entendida.
Durante su primera mitad, el capítulo recupera el pulso perdido. El ritmo es ágil, la tensión vuelve a sentirse real y los protagonistas recuperan el foco que nunca debieron perder. Destaca especialmente Joyce, con una escena que justifica por sí sola el peso emocional de toda la temporada y demuestra que Stranger Things siempre ha sabido brillar cuando pone el corazón por delante del espectáculo vacío.
La segunda mitad actúa como epílogo, y aquí es donde la serie vuelve a ser ella misma: música ochentera, colores vivos, silencios bien colocados y diálogos que, por fin, dicen algo. No hacían falta más muertes ni giros imposibles, solo recordar que esta historia iba de amistad, de crecer y de enfrentarse al miedo juntos.
Luces y sombras que no se pueden ignorar
Eso no significa que el final sea perfecto. Hay incoherencias narrativas evidentes, subtramas olvidadas y decisiones que rozan lo absurdo. Algunos antagonistas se despachan con una facilidad poco creíble, y ciertos misterios planteados durante temporadas enteras se resuelven —o se ignoran— con demasiada ligereza.
También es imposible no señalar los errores de producción arrastrados desde capítulos anteriores: fallos de continuidad, un uso muy irregular del presupuesto y una fotografía excesivamente oscura que ha lastrado gran parte de la temporada. Stranger Things prometía un cierre más visceral y oscuro, y esa promesa nunca llega a cumplirse del todo.
Un final más humano que épico
Y, aun así, funciona. Porque cuando el episodio final se olvida de los agujeros dimensionales y los discursos grandilocuentes, vuelve la magia. Vuelven los niños jugando a Dragones y Mazmorras, vuelve la ternura, vuelve ese optimismo ingenuo que siempre definió a la serie.
Puede que sea un final más sencillo y previsible de lo esperado, pero también es más honesto, más sano y más fiel a lo que siempre fue Stranger Things. No busca sorprender a toda costa, sino despedirse con cariño de unos personajes que han crecido con nosotros.
No es el mejor final posible, pero sí uno que evita el desastre y se aleja de comparaciones dolorosas con otros cierres televisivos recientes. Y eso, visto lo visto, ya es mucho decir.
Conclusión
El final de Stranger Things no pasará a la historia como el más brillante de la televisión, pero sí como uno que supo recordar su alma a tiempo. Imperfecto, emotivo y profundamente nostálgico, nos deja con ganas de bromear sobre sus fallos… y con la certeza de que vamos a echar muchísimo de menos a Hawkins.
*Agradecer al equipo de Colossus por brindarme la oportunidad de expresarme en este espacio de la web y compartir mi punto de vista con todos los lectores. Por todo, muchísimas gracias y os deseo un feliz 2026.






